Sara Delgado, directora de la Residencia El Carmen de Burgos (gestionada por Aliados por la Integración) y terapeuta ocupacional de formación, ha construido su trayectoria profesional en torno al cuidado cercano de las personas mayores. Tras años de experiencia en atención directa y gestión de centros, comparte una visión del cuidado basada en la dignidad, la escucha y el respeto a la historia de cada residente.

En esta nueva entrega de “Hoy conocemos a…”, conversamos con ella sobre el papel del equipo humano, el ambiente que se vive en el centro y la importancia de que una residencia sea, ante todo, un hogar donde las personas se sientan seguras, acompañadas y valoradas.

Sara Delgado, directora de la Residencia El Carmen de Burgos.

Para quien aún no te conoce, ¿Cómo resumirías tu trayectoria profesional hasta llegar a la dirección de la Residencia El Carmen de Burgos?

Desde muy joven tuve claro que quería dedicarme al cuidado de las personas y contribuir a mejorar su calidad de vida. Por eso me formé como terapeuta ocupacional, una profesión que me ha permitido acompañar a las personas mayores desde la cercanía y el respeto a su individualidad.

He desarrollado mi trayectoria en distintas residencias, primero como terapeuta ocupacional y, con el tiempo, asumiendo responsabilidades de gestión hasta llegar a la dirección de centro. El contacto directo con los residentes ha marcado profundamente mi manera de trabajar: me ha enseñado la importancia de escuchar, de estar presente y de construir relaciones basadas en la confianza. Creo firmemente que una residencia debe ser, ante todo, un hogar donde las personas se sientan seguras, valoradas y acompañadas.

En Aliados llevo algo más de un año. Aunque mi incorporación es reciente, este tiempo me ha permitido conocer el proyecto, al equipo y, sobre todo, a las personas que viven en el centro, que son la verdadera razón de nuestro trabajo.

“Una residencia debe ser, ante todo, un hogar donde las personas se sientan seguras, valoradas y acompañadas.”

¿Qué fue lo que la llevó a trabajar en el ámbito sociosanitario y, en concreto, en la atención a personas mayores?

Desde que tengo uso de razón, he querido trabajar con personas. Siempre me ha movido la idea de que mi trabajo pueda tener un impacto real en la vida de alguien, acompañando y facilitando su bienestar.

En el ámbito sociosanitario encontré esa vocación hecha realidad. La satisfacción de un trabajo bien hecho, que se traduce en una mejor calidad de vida para las personas, es algo que aporta una enorme plenitud al final del día.

Las personas mayores, además, tienen mucho que enseñarnos. Atesoran experiencia, historias y una capacidad inmensa de dar cariño. Recuerdo especialmente mi etapa trabajando con personas con Alzheimer: supe que estaba en el lugar adecuado cuando, aun sin recordar quién era yo, me recibían con una sonrisa sincera al verme llegar. Ese gesto, tan sencillo y tan profundo a la vez, reafirmó mi vocación.

¿Qué valores dirías que son los que más se reflejan en el día a día del centro?

En el día a día del centro se reflejan, ante todo, el respeto y la dignidad hacia cada persona. Trabajamos desde la atención centrada en la persona, entendiendo que cada residente tiene su propia historia, sus costumbres y su manera de vivir, y que nuestro papel es acompañarlas respetando esa individualidad.

También destacaría el compromiso y la cercanía del equipo. Nuestro equipo está formado por profesionales que conocen de manera cercana a cada una de las residentes y mantienen una relación constante con sus familias. Ese conocimiento profundo permite que el trato sea aún más personalizado y humano.

El cuidado no es solo una cuestión técnica, sino profundamente humana. La profesionalidad es esencial, pero va siempre acompañada de empatía, escucha y sensibilidad. Queremos que tanto las residentes como sus familias sientan que están en un entorno seguro, donde se les cuida con responsabilidad y con corazón.

“El cuidado no es solo una cuestión técnica: es, sobre todo, una relación humana basada en la escucha y la empatía.”

¿Cómo definirías el ambiente que se vive en la residencia? ¿Es distinto al pertenecer a una congregación religiosa?

Es cercano, tranquilo y familiar. Procuramos que sea un espacio donde cada persona pueda sentirse en casa, acompañada y respetada en su manera de vivir y de entender la vida.

Es cierto que la presencia de una congregación religiosa forma parte de la identidad del centro y aporta una dimensión espiritual que para muchas residentes es importante. Esa dimensión se vive con naturalidad y respeto, como un elemento más de su historia y de su proyecto vital.

Al mismo tiempo, formamos parte de una organización laica, lo que nos permite trabajar desde un enfoque profesional, abierto e inclusivo. Nuestro compromiso es garantizar que todas las personas, independientemente de sus creencias, se sientan acogidas y cuidadas con la misma dedicación.

En definitiva, más que marcar una diferencia, esta convivencia enriquece el día a día y refuerza valores universales como el respeto, la solidaridad y el cuidado mutuo.

¿Qué papel juega el equipo humano en el buen funcionamiento del centro?

El equipo humano es el pilar fundamental del centro. El funcionamiento diario, la calidad de la atención y el bienestar de las residentes dependen, en gran medida, de la implicación y la profesionalidad de cada una de las personas que forman parte del proyecto.

Contamos con un equipo comprometido, con experiencia y, sobre todo, con una gran vocación de servicio. Cada profesional aporta no solo sus conocimientos técnicos, sino también sensibilidad, empatía y capacidad de trabajo en equipo. Esa combinación es la que realmente marca la diferencia en el cuidado.

Como directora, mi labor es acompañar, coordinar y facilitar que cada profesional pueda desarrollar su trabajo en las mejores condiciones posibles, fomentando la comunicación, la formación continua y un clima de respeto y colaboración.

Cuando el equipo trabaja unido y comparte unos mismos valores, eso se percibe inmediatamente en el ambiente del centro y en la tranquilidad de las residentes y sus familias.

“Cuando el equipo comparte valores y trabaja unido, ese clima se percibe inmediatamente en el bienestar de las residentes.”

En una sociedad que a veces asocia las residencias con la pérdida de autonomía, ¿cómo trabajáis para intentar mantener una vida activa?

Es cierto que a veces existe esa percepción, pero nuestro objetivo es precisamente el contrario: acompañar a cada residente para que mantenga el mayor grado de autonomía posible, respetando siempre su ritmo y sus capacidades.

Para ello contamos con servicios como terapia ocupacional y fisioterapia, que nos permiten trabajar tanto la movilidad como la estimulación cognitiva. Además, organizamos actividades de ocio por las tardes que fomentan la participación, la socialización y el disfrute compartido.

También damos mucha importancia a la apertura al entorno. Actualmente desarrollamos dos programas de voluntariado: uno de intercambio de cartas con alumnos de un colegio, que genera una relación intergeneracional muy enriquecedora; y otro en el que voluntarios acuden semanalmente para favorecer la comunicación y la estimulación de personas con mayor grado de dependencia.

Estas iniciativas no solo benefician a las residentes, sino también a quienes participan como voluntarios. El intercambio de experiencias y miradas diferentes crea vínculos muy valiosos y refuerza la idea de que la residencia sigue siendo un espacio de vida activa, relación y crecimiento personal.

¿Qué te aporta personalmente el contacto diario con los residentes y sus familias?

El contacto diario con las residentes es, sin duda, la parte más gratificante de mi trabajo. Me aporta perspectiva, paciencia y una profunda satisfacción al ver cómo pequeñas acciones pueden mejorar su día a día y generar confianza.

Cada sonrisa, cada gesto de cariño o cada momento de complicidad recuerda que nuestro trabajo va más allá de lo técnico: tiene un impacto real en la vida de las personas. Aprendo de ellas cada día, de su historia, su resiliencia y la manera en que valoran los detalles más simples.

Además, trabajar con las familias me permite acompañarlas, ofrecerles tranquilidad y ser un puente entre ellas y las residentes. Es un aprendizaje constante y un recordatorio de que nuestro centro es un hogar, no solo un espacio asistencial, y que cada relación que construimos tiene un valor profundo y duradero.

¿Cómo consigues mantener la motivación en un trabajo tan exigente emocionalmente?

Requiere de un equilibrio constante entre compromiso profesional y cuidado personal. Lo que más me impulsa es recordar el impacto real que nuestro trabajo tiene en la vida de las residentes: cada pequeño gesto de cuidado, cada momento de escucha o de compañía genera bienestar y confianza.

Al final, la motivación nace de la combinación de pasión por el cuidado, trabajo en equipo y la certeza de que nuestro trabajo realmente mejora vidas.

Si tuvieras que definir con unas pocas palabras lo que significa “cuidar” para ti, ¿cuáles serían y por qué?

Para mí, cuidar se resume en escuchar, acompañar, estar y respetar.

Escuchar, porque cada persona tiene su historia, sus necesidades y su manera de expresarse; acompañar, porque no se trata solo de cubrir necesidades físicas, sino de estar presente en su día a día, apoyando y compartiendo momentos; estar, porque a veces lo más importante es simplemente compartir tiempo, presencia y compañía; y respetar, porque cada residente merece ser tratada con dignidad, reconociendo su autonomía y su valor como persona.

Cuidar, al final, es la combinación de profesionalidad y humanidad, creando un espacio donde quienes viven con nosotros se sientan valorados, seguros y acompañados.